Los guardianes de los recuerdos

Entre despedidas en soledad y abrazos a distancia, trabajadores de los cementerios como Isabel Sáiz, desarrollan una labor fundamental: ayudar a decir adiós

 

Solo tres personas por fallecido. Sin misas. Sin responsos. Sin velatorios. Sin abrazos ni sonrisas recordando anécdotas. Sin consuelo cercano. Sin poder despedir, en familia, a quien se ha marchado.

Esas son algunas de las condiciones derivadas del Real Decreto de Estado de Alarma a las que se deben de atener quienes acuden a los cementerios de toda España a dar el último adiós a su pariente, a su amigo, a su pareja o a su compañero de trabajo.

Entre prohibiciones, distancias de seguridad, soledad y mascarillas se erigen los trabajadores de los camposantos, responsables de escuchar a los familiares, brindarles la atención burocrática o administrativa que sea necesaria y organizar esa última despedida que nadie quiere dar.

Coordinadora y secretaria de la gerencia en el Cementerio Mancomunado de Chiclana

Isabel Sáiz es coordinadora y secretaria de la gerencia en el Cementerio Mancomunado de Chiclana, gestionado junto al de San Roque, en Puerto Real, San Juan Bautista, en Chiclana y San José, en Cadiz, por la empresa CEMABASA.

Tanto ella como sus compañeros forman parte de ese ‘sector de sectores’ de trabajadores andaluces que conforman los esenciales en tiempos del coronavirus. Quienes trabajan en los cementerios siempre lo han sido, pero ahora se han tornado aún más fundamentales intentando calmar el dolor, proporcionar certezas o brindando atención psicológica en momentos que se clavan a fuego en la historia de nuestras vidas: las pérdidas.

Su trabajo tiene mucho de calor humano, explica Isabel, que reconoce «la impotencia que sentimos por no poder dar un abrazo, o no poder atender de cerca, con un gesto cómplice a las familias que vienen aquí».

Ella ha defendido, en el marco de un reportaje para Esenciales, de la Cadena SER Andalucía, la labor que cumplen los empleados de su sector, que se sienten «un poco los olvidados», y son víctimas de una concepción «peyorativa» de su actividad, por eso reconoce que «no nos sentimos tan reconocidos como nos gustaría a pesar de que cumplimos una labor muy importante «.

Y es que, después de pasar 24 horas con Isabel y conocer su pasión por las películas, las series, sus gatos «que son la alegría de su vida», o la danza, resulta evidente apreciar que no entiende su trabajo si no es yendo ‘a corazón abierto’. A sumergirse de lleno en los sentimientos de quienes tiene enfrente, mostrándoles su empatía, su comprensión y empapándose de la historia que hay detrás de cada familia.

Puesta de sol en el cementerio de Chiclana (Cádiz)

Por eso no son pocos los días que se va a casa tocada, atravesada por el drama que se vive allí. «a veces te vienes a tu casa con un sentimiento de tristeza del que te cuesta desligarte. Hay otros días que es diferente e incluso te cambia la perspectiva y dices: «Dios mío, que corta es la vida»«.  A pesar de ello es «una persona positiva» e intenta afrontar cada día con buen talante, con esperanza.

Quizás por ese motivo lleve días escuchando en bucle la última canción de Manuel Carrasco, ‘Prisión Esperanza’. Porque «habla del momento en que podamos besarnos, abrazarnos y las despedidas que nos quedan pendientes».

Isabel Sáiz está viviendo la crisis sanitaria igual de cerca de la muerte que desde hace años, cuando empezó a trabajar en el Cementerio Mancomunado, pero la crudeza de la soledad hace más esencial todavía la mirada de ella y de sus compañeros.

El periodista de Diario de Cádiz, Francisco Sánchez Zambrano, lo destacó hace hoy un mes en la que, con certeza, ha sido una de las crónicas más duras de su vida, ‘Un funeral en el valle de los leprosos’.

En el citado artículo comenzaba destacando la mirada y el perdón que le dedicó desde la lejanía una de las empleadas de las instalaciones el día que acudió allí por el fallecimiento de su padre. Un gesto que demuestra el valor de quienes prestan servicio allí, ahora bajo unas condiciones que ellos mismos también sufren hasta el punto de tener que disculparse.

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